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<first-name>José Miguel</first-name>
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<book-title>El amo invisible</book-title>
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<date>28/10/2010</date>
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<p>José Miguel Vilar-Bou</p>
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<p>El amo invisible</p>
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<p><emphasis>Publicado en Historias Asombrosas nº2</emphasis></p>
<p>Hace tiempo que perdí la cuenta de cuántos años llevo viviendo en el Infierno. ¿Viviendo? ¿Años? La palabra años resulta ridícula en mis circunstancias. Hasta la palabra tiempo, esa a la que tanto temen los que aún viven, me da ganas de reír. Tan larga es mi estancia en este lugar que he olvidado cómo fue mi vida, si la tuve.</p>
<p>Resulta difícil describir el Infierno. No es como se suele creer. No hay una sola llama. No hay un solo grito angustioso. Al contrario, lo único que hay es silencio. Un silencio que sólo deja lugar a la locura. Únicamente roto por el arrastrar vesánico de pies que se mueven siempre siguiendo las mismas rutas. Además, nosotros, sus habitantes, hemos olvidado las palabras. Hemos olvidado hasta el olvido.</p>
<p>Y el frío lo es todo. Un frío vivo que parece vigilarnos, que se enreda en el alma y la razón hasta matarlas. Que nace desde las mismas raíces de este lugar sin vida, de este páramo cubierto de rocas absurdamente azules. Alguien dijo en una ocasión que el infierno es como un eterno anochecer en invierno. Aunque nadie recuerda ya qué es el invierno.</p>
<p>¿Y el cielo? No hay cielo aquí. No hay nada. Sólo infinitas estepas de tierras glaciales. A veces las recorren misteriosas estelas de luz. O surgen de repente fuegos que, al instante unas veces o al eón otras, se consumen. Nadie sabe de dónde provienen esos signos arcanos. Lo único que puedo decir es que, sean lo que sean, están tan lejos de nosotros como lo están los sueños de la realidad.</p>
<p>Al principio no comprendí cuál era la verdadera condenación. No era la compañía angustiosa de todos aquellos cuerpos de mentes dislocadas que recorrían eternamente los mismos caminos. No era el frío. No era la certeza de saber que estábamos en los abismos de la creación. No. El castigo es la eternidad.</p>
<p>Cuando pasan eones y eones uno empieza a comprender que la eternidad no es una sucesión infinita de hechos, sino la repetición circular de un número finito de estos. Quiero decir que la eternidad no existe. Es un círculo. Un círculo tan largo que para descubrirlo se necesita todo el tiempo del mundo. Y ¡ay! del que lo descubre.</p>
<p>Cuando transcurren miles y miles de veces el ciclo, empiezas a darte cuenta. Comprendes que cada uno de tus gestos, que cada uno de tus pensamientos, de tus sentimientos forma parte de una cadena que se repite hasta siempre, desde siempre. Cómo hacer comprender a un mortal la angustia brutal de descubrir que no somos más que autómatas que ejecutan labores preestablecidas por un ingeniero loco eternidad tras eternidad, principio tras principio. Si es que alguna vez hubo tal principio.</p>
<p>Ahora podéis comprender por qué mis compañeros han enloquecido. Tras tanto tiempo (¡ja! tiempo) se han perdido a sí mismos. Han renegado de la noción de existencia. Comprenden que no son ellos, sino el juguete de alguien.</p>
<p>Por eso cuando camino entre ellos y les veo arrastrar sus pies, con las cabezas derrotadas, con las manos caídas y los ojos petrificados evito identificarme como uno más. Sentirme un juguete roto más. Muchos, de tanto recorrer el mismo camino circular durante eternidades, han terminado por crear con el arrastrar de sus pies auténticos cañones de kilómetros de profundidad. Y ahí seguirán por siempre, hundiéndose en la nada. El páramo oscuro y helado en el que vivimos está lleno de círculos de esta clase.</p>
<empty-line/>
<p>Los primeros de nosotros que llegaron al Infierno trajeron consigo algunos recuerdos del otro mundo. Del mundo de los inconscientes, de los ciegos, de los ignorantes. De los vivos. Construyeron algo parecido a lo que en el otro mundo llamaban “cirdad”, “ciordad”, “ciudad” o algo así. Nadie lo recuerda ya.</p>
<p>Levantaron casas, “edoficios”, “carlles”. Tal vez las primeras se pareciesen en algo a lo que existía en el otro lado de la existencia, pero, poco a poco, todos fueron enloqueciendo, hasta dar como resultado este lugar inmundo por el que malgasto la eternidad en inútiles paseos.</p>
<p>La “cirdad” está compuesta por innumerables barrios, creo que es esa la palabra. Hay algunos de cientos de kilómetros que están absolutamente deshabitados; hay casas que llegan hasta las alturas; hay otras que apenas miden un dedo de alto; hay “carlles” levantadas en horizontal; pero hay otras que se alzan verticalmente como colmillos; hay casas sin final, cuyos pasillos y habitaciones se extienden como auténticos universos inacabables; en cambio hay otras que carecen de interior, que no son más que fachada; hay casas en las cuales, al traspasar el umbral, das de nuevo con la “carlle”; hay casas del revés; casas invisibles; casas sin puertas ni ventanas; sin suelo ni escaleras; sin paredes ni tejado. Casas enloquecidas como sus propios constructores.</p>
<empty-line/>
<p>Tal vez se han preguntado por el Diablo. Por el señor que gobierna y da sentido a esta locura. Yo lo hice. Y es ahí donde comienza realmente mi historia.</p>
<p>Después de tanto tiempo habitando en el Infierno, me percaté de que allí estábamos solos. Y tal vez esa fuera una de las razones que provocaban la locura de los condenados: la ausencia de una autoridad, por mucho que la pudiéramos temer.</p>
<p>En una ocasión coincidí bajo una loma helada con Nephomenes. Nephomenes era el único ser del Infierno que gozaba de nombre. Y era eso lo que le mantenía cuerdo. No se trataba de un ser humano, sino de un enorme gato blanco de ojos transparentes que vagaba desde la inmemorialidad por aquellos páramos.</p>
<p>- Nephomenes -le dije-, ¿Dónde está el Diablo? ¿Por qué llevo tanto aquí y nunca le he visto?</p>
<p>El gigantesco gato blanco soltó una carcajada y se subió a mi hombro.</p>
<p>- Vamos a dar un paseo -dijo.</p>
<p>Caminé sintiendo clavarse las uñas de aquel ser en mi alma. En nuestro recorrido vimos cómo un grupo de hombres cogían del suelo una misma piedra y la dejaba caer. Después la recogían y repetían de nuevo la misma operación. Así eternamente. Más adelante una mujer contaba números hasta el infinito. De tanto enumerar su boca estaba muerta y la lengua se le había caído. El gato reía y reía sin cesar.</p>
<p>- ¿No te divierte su locura?</p>
<p>- Estaremos locos. Pero somos las criaturas más lúcidas de la creación, porque somos los únicos que saben que el alma no es más que un mecanismo circular.</p>
<p>- Hablas como si estuvieras cuerdo.</p>
<p>- Cada uno tiene su propia locura.</p>
<p>De un manotazo bajé al gato de mi hombro y le espeté:</p>
<p>- Dicen que en el Infierno eres el único que sabe ¡Dime dónde está el Diablo!</p>
<p>- No es necesario que grites. Él te está oyendo.</p>
<p>Inquieto, miré a mi alrededor. Creí distinguir en el horizonte neblinoso unos ojos que me observaban.</p>
<p>- ¿Es él? -pregunté asustado.</p>
<p>Su única respuesta fue la risa. Y se marchó dejándome solo.</p>
<empty-line/>
<p>A veces nos llegaban extraños murmullos y voces incomprensibles desde las alturas. Nunca supimos de dónde provenían. Tal vez esa fuese la voz de nuestro señor. Y esos fuegos, esos signos que aparecían y desaparecían continuamente en la inmensidad podían ser sus palabras.</p>
<p>Pensando en ello caminé como siempre esa ruta que tantas veces había recorrido y que tantas veces iba a volver a recorrer. Observé las caras ciegas, del color de la ceniza, de todas aquellas gentes. Nunca había hablado con ellos. Ni ellos conmigo. Pero les comprendía.</p>
<p>Un nuevo pensamiento me inquietó: Todas esas personas jamás habían visto sus propios rostros. En el Infierno no había ni “esperjos” ni estanques donde reflejarse. Pensé inmediatamente después en que yo tampoco sabía cómo era mi cara ¿Sería tan mezquina como la de mis compatriotas?</p>
<p>Todos ellos seguían con sus caminos. Daban vueltas y vueltas al mismo círculo hundiéndose más y más en su locura. De pronto me invadió el vértigo. Y el miedo. El Diablo debía estar observándome. Sentía su mirada en la nuca proveniente de algún lugar entre las brumas. Sentí el terror de la consciencia. Y corrí.</p>
<empty-line/>
<p>Pronto volví a encontrarme con Nephomenes. Sin contemplaciones le agarré por las orejas y le grité:</p>
<p>- ¡Quiero ver al Diablo! ¡Dime desde dónde nos mira! ¡Tú lo sabes!</p>
<p>El felino se me escapó entre los dedos y me observó tembloroso desde una roca.</p>
<p>- ¿Es muy poderoso? -pregunté.</p>
<p>- Sí.</p>
<p>Me acerqué más a él:</p>
<p>- Quiero verle. ¿Hay algún modo?</p>
<p>El gato me enseñó los dientes y abrió los ojos de una forma desmesurada. Durante unos segundos caviló hasta que al fin pareció tomar una decisión:</p>
<p>- Puedes. Pero deberás acompañarme.</p>
<p>Asentí.</p>
<p>Nephomenes bajó de la roca y comenzó a caminar con paso lento en una dirección que me resultaba desconocida. Cada vez la niebla nos envolvía más. Y cada vez el terror me envolvía más a mí. Pero era el gran felino de piel blanca quien, incomprensiblemente, más asustado parecía.</p>
<p>- ¿Cómo reaccionará al verme? -pregunté.</p>
<p>- Hará que te arrepientas.</p>
<p>Comprendí cómo de terrible es el miedo que sentimos cuando vamos en busca de las verdades y las sentimos cerca. Son tan poderosas en comparación con nosotros…</p>
<p>La niebla ya no me permitía ver apenas el cuerpo blanco de mi guía. Debíamos estar muy lejos de mis habituales dominios. Creo que caminamos durante siglos.</p>
<p>Nephomenes ya no estaba asustado, sino derrotado, falto de esperanza. Le pregunté a qué se debía su estado. Y respondió:</p>
<p>- Porque se acerca mi final. El Amo va a matarme. Nadie más que yo debía saber cómo es.</p>
<p>- Yo puedo interceder por ti. Yo cargaré con tu castigo.</p>
<p>El gato sonrió desesperanzado:</p>
<p>- Tú vas a cargar con la peor parte de este error. Aún estamos a tiempo de volver.</p>
<p>Pero me negué, de modo que proseguimos con nuestro camino.</p>
<p>En algún momento el gato blanco se detuvo. Llevábamos tanto tiempo caminando que había olvidado lo que significaba estar parado. Nephomenes me miró de forma indescifrable. En su rostro se mezclaban el terror y el desasosiego.</p>
<p>- ¿Qué pasa? ¿Por qué nos paramos?</p>
<p>- ¿Ves esa montaña? Arriba te espera el Amo. Y a mí me espera el fin.</p>
<p>- ¿Existe fin aquí?</p>
<p>- Para mí, sí.</p>
<p>Ascendimos la montaña yerma. Mi pobre guía temblaba como si se hubiera tragado un témpano de hielo. Me maravillé al ver que cerca de la cima las brumas que durante toda una eternidad habían ocultado el cielo y el horizonte se disipaban. En la cumbre se alzaba una extraña y menuda construcción.</p>
<p>- Es allí -dijo derrotado el gran felino.</p>
<p>El miedo volvió a llenarme. Y desorientado comprendí que, más que la contemplación el propio Amo, me acongojaba la cercanía de la verdad.</p>
<p>Al fin llegamos a la construcción. Yo esperaba encontrar allí a un viejo sentado en su trono. Pero no fue así. Aquello no era más que una losa de piedra desde la que se oteaba hasta el horizonte del infinito. Arriba no había más que oscuridad. Tanta que daba vértigo. Tanta que uno comprendía hasta qué punto estaba solo y exiliado de todo.</p>
<p>- ¿Y bien? ¿Dónde está el Señor de este reino? No le veo.</p>
<p>Nephomenes me dirigió una mirada suplicante. Pero ya era demasiado tarde.</p>
<p>- Mira a tus pies. ¿Ves esa trampilla? Tras ella está… el Amo aguardándote.</p>
<p>- ¿Sabe que vengo?</p>
<p>- Sí.</p>
<p>Con mi mano agarré la argolla. Un momento antes miré a Nephomenes. Bajaba la cabeza sumiso. La certeza de la muerte le había robado toda fuerza. Estaba derrotado. Y me miraba de un modo que en ese momento no acerté a comprender. Los dientes me rechinaban ¿Qué me aguardaría bajo aquella piedra?</p>
<p>Mis nudillos enrojecieron mientras levantaba aquella losa. Era insoportablemente pesada. Empleé las dos manos. Y, al fin, de un fuerte tirón la alcé. Cayó plúmbeamente rompiéndose en pedazos. Y yo caí también. Nephomenes lloraba. Murmuraba enloquecido: “No, no, no”. Pero me levanté. La piel se me erizó mientras me acercaba al borde oscuro de la abertura. Creí sentir una presencia en el interior de la trampa. Una presencia temible que me acechaba desde la oscuridad. Cuando por fin pude ver lo que había dentro retrocedí profiriendo un alarido y llevándome las manos al rostro. El terror me hizo enloquecer. Mi boca apenas acertó a articular:</p>
<p>- ¡Le he visto! ¡Él me ha mirado!</p>
<p>El gato continuaba contemplándome. Gruesas lágrimas asomaban a sus ojos.</p>
<p>Pronto reuní fuerzas y volví a asomarme al borde con más aplomo. Nephomenes se cubría el rostro con las patas. Su vello estaba erizado de pánico.</p>
<p>Miré al interior. Mis pies apenas me sostenían. Notaba las mejillas pálidas por la angustia.</p>
<p>Y le vi.</p>
<p>Cuando comprendí qué era lo que había allí dentro, el terror dejó paso a la estupefacción. Y la estupefacción a la ira.</p>
<p>- ¿Qué es esto, maldito gato? ¿Qué es esto? -dije con los ojos ardiendo por la furia mientras sacaba el espejo de dentro de la trampilla.</p>
<p>- Es la respuesta a la pregunta, Señor. Vos sois el Diablo. Vos sois mi amo ¡Perdonadme! ¡Perdonadme, por piedad!</p>
<p>- ¿Q…qué?</p>
<p>- ¡Os lo advertí! ¡Yo os advertí!</p>
<p>Pero ni siquiera le escuché. Mientras las lágrimas me estallaban en los ojos, alcé el espejo sin contemplaciones y, con toda la ira acumulada durante una eternidad de eternidades, lo dejé caer sobre su cabeza haciéndola trizas. El golpe fue cósmico. La sangre manchó su pelambre blanca. Levanté de nuevo el espejo y lo destrocé contra su partida crisma. Los añicos del cristal volaron lanzando destellos, mezclados con la sangre, hacia el cielo negro. Parecían las estrellas que aquel abismo nunca había tenido.</p>
<p>Destrozado, arrepentido de mi temeridad, con los ojos aniquilados a lágrimas, Yo, Satanás, alcé mi rostro y clamé al cielo:</p>
<p>- ¿Es ahora cuando empieza mi verdadero castigo, verdad? ¡Déjame volver a la inconsciencia, por favor! ¡No quiero ser quien soy! ¿Me oyes? No me dejes así. Prometo no volver a preguntarme. Devuélveme mi ignorancia ¡Te lo suplico!</p>
<p>Pero la oscuridad y el silencio fueron la única respuesta. Contemplé después mi reino, el reino que, sin yo saberlo, siempre me había pertenecido. Sentí de nuevo ganas de llorar. Qué inmenso parecía el erial desde mi trono de piedra. Qué tremenda era mi soledad en aquel páramo. Divisé a mis súbditos caminando en círculos infinitos. Y envidié a todas aquellas sombras que en lontananza trazaban caminos eternos con sus pies cansados.</p>
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<p><strong>José Miguel Vilar-Bou</strong> (Alfafar, 1979) es periodista. Ha vivido en Italia, Bélgica y Serbia. En España ha trabajado para numerosos diarios, revistas y televisiones. Es autor de la novela <emphasis>Los navegantes</emphasis> (AJEC, 2007) y ha publicado cuentos en las antologías Visiones y Melocotón Mecánico, el diario El País y las revistas Galaxia e Historias Asombrosas. Fue ganador del concurso de literatura breve de la Universidad Cardenal Herrera-CEU en 2002 y obtuvo el segundo y tercer premio en 2003. Sus cuentos han sido traducidos al serbio y publicados por la revista Grádina.</p>
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